3.- Cruor fata

Sabía que ella se había enfadado. La había notado retorcerse y cerrarse en el vínculo compartido, mirarle desde allí con gallardía, rebelde, plantando cara. En aquel momento no entendía la causa de su ofensa, tampoco podría comprenderlo demasiado más adelante.


- Tu también eres mía - había dicho simplemente, invadiéndola con su presencia y degustando sus sentimientos, su manifestación psíquica allí en esa estrecha habitación que compartían los tres.


Estaban sentados sobre un tronco derruido, junto a la Capilla de la Esperanza de la Luz. Hablaban, y mientras hablaban, él la observaba por dentro, por fuera, invariablemente. Recordaba lo que era para él. Su imagen le traía otras memorias además, una muchacha humana con el mismo cabello de lava prendida, con el mismo descaro para encararle, también intrépida. 


La miraba en sus tinieblas y su eterna sombra moteada de luz, por detrás del muro cauteloso que Crowen Skarth rara vez se permitía abrir cuando estaba con él. Esta no era una de esas extrañas ocasiones, pero no le importaba. El mismo muro ya le decía cosas, las mismas defensas y la amenaza implícita que ella sentía, por más que lo negara, cuando conversaba con él - o más bien, cuando se enfrentaba, pues para ella su presencia despertaba ese tinte de enfrentamiento implícito en muchas ocasiones - ya le revelaban cosas. No prestaba demasiada atención a ese muro, sólo contemplaba de qué estaba hecho y miraba más allá, por encima de las almenas.


Mirarla le recordaba a sí mismo. Siempre le había recordado a sí mismo, desde la primera vez que fue consciente de ella, en una reunión que ahora se atisbaba lejana, en la que había percibido la fortaleza de un pilar con una base firme, un espíritu poderoso y una voluntad inquebrantable. Le habían pedido que se definiera con una palabra, y ella, con desenfado y una expresión de desafío que le recordó poderosamente a aquella otra mujer lejana en el tiempo, cercana en el alma, había respondido: "Voluble". Sí, era una elfa maravillosa. Le importaba. Era una de aquellas cosas que sí importaban, por encima de lo demás, que brillaba con su propio crisol y le despertaba sentimientos encontrados.


Observó sus sentimientos, las partículas que componían su espíritu, y los degustó con calma mientras conversaban sobre sacrificios. Melian rondaba cerca, casi en trance, envolviéndose en su sombra en parte por contagio, en parte para poder sobrellevar todo lo que se desencadenaba desde su lado. La degustó.


La necesidad de ser siempre fuerte, de no flaquear. La necesidad de plantar cara a todo lo que ella creía que podía poner en duda su fuerza, su supremacía, para reafirmarse y seguir adelante. La conciencia extraña de una soledad impuesta a la que se abrazaba con la confianza de que era lo mejor para ella, lo mejor para todos, y las cargas de pesos que no creía conveniente compartir con una mezcla de vanidad al pensar que era la única capaz y preocupación por aplastar a los demás con ellas. La perplejidad cuando sus sentimientos se escapaban a su control, se resistían al análisis y la administración adecuada por parte de su mente racional y su ensalzada voluntad. Las heridas de la incomprensión por parte de aquellos que alguna vez le habían importado, el leve recuerdo de una niña lejana que fue niña por poco tiempo, que tuvo que obligarse a sí misma a levantar la cabeza y tomar las riendas de su destino sin tener ocasión de sentarse en un rincón y llorar sus lágrimas. Pero a pesar de todo, por mucho que ella se esforzase como él lo había hecho no hace tanto tiempo, aunque se negara a mostrarlo y reconocerlo, engullera cada trago y siguiera adelante sin mirar atrás, Crowen también era frágil. Crowen también era humana. Más de lo que ella misma quería permitirse, pero lo era. Los sentimientos de melancolía, de nostalgia, el amor desmedido que había visto en ella y que le había entregado a Melian sin reservas, la herida de los rechazos que en muchas ocasiones no eran tales, todo aquello que manipulaba para convertir en rabia y en ira y enfocarlo hacia sus enemigos, todo eso también existía. Todo lo que ella pensaba que le hacía débil. Todas las cosas que intentaba ocultarle a él con su actitud defensiva, con el miedo - porque era miedo - a que la percibiera como alguien débil. Inferior. Por debajo en la jerarquía. Miedo a aspectos de sí misma que pensaba que podrían ser esgrimidos para colocarla en una posición que no se merecía, de debilidad y vulnerabilidad, de poco aguante, de falta de coraje. Miedo a ser percibida como lo que no era. Miedo a la piedad, a ser infravalorada por ser humana y ser frágil, a pesar de sus experiencias y su larga edad. 


Sabía que no tenía ese miedo con Theron, quien se mostraba desde una posición no impositiva, de expectativa y aceptación. Una posición que en las estructuras del subconsciente de Crowen no suponía una amenaza tan patente, porque su carácter no se expresaba con la misma vehemencia. Sabía que sí lo tenía con él. Sabía perfectamente de dónde nacían las defensas que esgrimía inconscientemente hacia su persona, al igual que sabía lo absurdo que era, aunque en parte, le divertía. Y aquella declaración espontánea y natural, al decirle que era suya, la había interpretado de nuevo como una imposición, un desafío o un intento por subyugarla, por dominarla. Y en su afán por ser indomable e ingobernable, se había enfadado, sintiéndose ofendida, menospreciada y amenazada.


Podría explicárselo, quizá en otra circunstancia. Podría hablarle con calidez, mostrarle lo que esa pertenencia significaba, por qué era suya como suyos eran sus hijos, como suya era Wilwarin, como suya su familia o suyo era Melian. Podría sumergirse en matices, pero en ese momento sólo podía ver la naturalidad de esa afirmación, que había hecho que ahora, Crowen le mirase con un rictus tenso en la mirada y en los labios apretados. Sintiéndose, de nuevo, amenazada y bastante indignada por ese descaro.


- Demuéstrale lo contrario - dijo Theron, con una media sonrisa divertida, mientras él se perdía en los sabores de aquella muchacha que se blindaba ante los ataques que eran caricias, ante la imposición que era entrega, interpretándolo todo desde sus temores en vez de abrirse y mirar sin más.


Crowen se levantó y se fue. Se había enfadado. Ahti enarcó la ceja, paladeando. A Crowen le resultaba muy fácil abrirse, entregarse al brujo en todo lo que era. No sólo porque le quería, sino porque no le consideraba una amenaza, y en el fondo de su corazón, sabía que podía lidiar con ello. Siempre lo había sabido, y siempre se había enfrentado al desafío de Theron sin reservas, sin ver amenazada la seguridad en sí misma ante algo que, aunque a veces la inquietara, sabía que podía manejar. También influía el amor, claro. Porque Crowen amaba a Theron, y esa era la luz cálida que destellaba en su interior, entre la sombra, ese era el origen de su penumbra. Y Theron amaba a Crowen. Y Ahti también.


"Así, es, es mía y la quiero", se dijo, confirmando un nuevo punto en el que su atención se fijaba y su espíritu fluía con la voluntad de no desprenderse, de seguir adelante. La quería, no como el mero reflejo de los sentimientos del brujo, la quería porque él mismo la amaba, y la respetaba hasta límites insondables. Tanto la había respetado que se había negado a mantener un vínculo casual, porque quería ofrecerse a ella como ella merecía: hacerlo desde su voluntad, no desde los retazos de algo que había surgido de manera circunstancial. La quería por todo lo que era, por todo cuanto era. Por todo lo que le daba sin saberlo, por todos los velos que había descorrido sin ser consciente. Y era suya, porque era parte de su vida, porque formaba parte de aquellos escasos puntos en el entramado que habían despertado sus sentimientos, que le habían conmovido, a los que contemplaba con gratitud y devoción al observar su resplandor y sus crisoles umbríos.


La vio, furiosa y brillante, alejarse con la roja cabellera balanceándose a su espalda, luz negra y sombra reluciente, viva y no viva, convulsa a causa de sus emociones. Había atravesado la muerte para ir a buscarla, había dejado a Melian al otro lado para tirar de ella de nuevo hacia donde debía estar, sin pensar, sin sopesar consecuencias, simplemente movido por lo que sabía que podía hacer y quería hacer. Volvería a hacerlo. No tenía ninguna duda. La amaba por su fuerza y su coraje, por su humor cínico y por la dulzura con la que amaba al brujo, la amaba por su inteligencia y la belleza de su alma compleja, por su determinación y por su franqueza. Pero sobre todo, la amaba por todo lo que le ocultaba. Eso era lo que le conmovía, y al verla entonces, sentirla perpleja, sola, incrédula y perdida cuando Sarah la expulsó de su cuerpo y se apoderó de él, no había necesitado pensar más. Porque las cosas de sí misma que Crowen más temía, aquellas que podían ser usadas para herirla, su vulnerabilidad, su sensibilidad y sus lágrimas, su dolor y su tristeza, su nostalgia, la felicidad plena y vibrante que había sentido en brazos del brujo, todas las cosas que la exponían, eran las que él quería preservar, mimar y cuidar. Eran las que más valoraba. Más que su fortaleza.


Porque Ahti sabía que cualquiera puede ser fuerte. 

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2.- Fusus et voluntas



En la noche de Vallefresno, el cielo se teñía de púrpura salvaje y los aromas de las flores nocturnas estallaban en el exterior, dispersando sus caricias dulces en el olfato. Se ensamblaban con el ulular de los búhos, con el murmullo continuo del viento en las hojas y el crujido de las ramas, armonizados con el arrullo lejano, leve, de un mar de aguas claras y una playa blanca.

El paladín no lograba conciliar el sueño. Le costaba mantener la atención, tanto como reposar la mente con todo aquello tras de sí, con el reclamo constante, continuo, de aquella inmensidad perfecta y ordenada resonando con trémolos cristalinos en su interior, a su espalda. Se había tumbado en el futón y había permanecido con los ojos abiertos, incapaz de cerrarlos, contemplando las hebras doradas que se entrecruzaban, la malla tejida que percibía sobre la realidad y el discurrir energético sobre ésta con fascinación, sin poder hacer otra cosa. Finalmente, saturado de sí mismo, se había deslizado en silencio hacia un rincón de la casa blanca, desde el que observaba trabajar al artesano al otro lado de la estancia, inclinado sobre la mesa de trabajo a la luz de dos candiles. Desde su posición, envuelto en la brumosa luz dorada de los fanales, le veía, de espaldas. La toga oscura, las piernas flexionadas, uno de los pies descalzos apuntalado en la pata del blanco escabel, el cabello negro cubriéndole los hombros y las puntas de los cuernos oscuros. Se concentró en su imagen y en el sonido áspero de sus movimientos al pulir las piedras.

Aquel día, el brujo le había llevado a la Cruzada. Poco a poco, iba recordándole dónde podía anclarse, dónde debía sujetarse para no perder de vista sus deberes y sus intenciones. Le había mostrado los puntos de apoyo, le había acompañado a refrescar lo que ya sabía y a valorar lo que seguía siendo importante y lo que no, y todo aquello se estaba ajustando de nuevo, lentamente, en su propio ser ahora más completo. Y aunque todo tenía su peso y su medida, el paladín sabía bien cual era el hilo más fuerte, la cadena más poderosa a la que podía aferrarse para no perderse en el influjo hipnótico del medio al que pertenecía, mantener la vista fija sobre esta realidad. Ya había salido de él en una ocasión, simplemente volviendo la mirada hacia su compañero, como ahora estaba haciendo, y eso bastó para arrancarle de la espesa urdimbre en la que se deslizaba con indolencia.

Aquello lo recordaba y lo recordaría siempre con una claridad especular, casi antinatural. Una noche en las Cumbres Tormentosas. Ruinas antiguas de titanes. Tierra vetusta cubierta de nieve que refleja las luces del Norte y una cúpula dorada, bruñida, donde dos elfos murmuran a media voz, abrazados.



El paladín, que había recorrido las inmensidades sin perderse, se había precipitado a través del mundo, cabalgando como si no hubiera mañana, con una ansiedad dolorosa en el alma que no tenía lugar. ¿Qué es la distancia para dos almas unidas? ¿Qué es el tiempo para un vínculo tan fuerte como la gravedad, tan eterno como el infinito? No es nada... pero aun las nimiedades se le hacían insoportables, y espoleado por un instinto violento e incomprensible, se había precipitado hacia él. No bastaba contemplarle desde todas partes, no bastaba tenerle cerca a pesar de todo. Nada era suficiente, y la añoranza había podido finalmente con él. Solo quería verle un momento, poder hablarle y abrazarle un instante.

El brujo, como un faro que aguarda con los brazos abiertos, se mantuvo firme y resignado durante días, consciente como las rocas de que el mar le alcanzaría, esperando su regreso. Theron siempre había esperado. Esperar que él andara, esperar que él entendiera, esperar que él se moviese, esperar que se marchara, esperar que volviera, siempre esperando de él, sin desesperar ni acuciar, aunque algunas esperanzas ya se adivinasen imposibles.

Y ahora, entre el abrazo del alivio infinito, con la leve angustia en la garganta, se estrechan uno contra el otro, sedientos de la presencia al otro lado, murmurando con suavidad su añoranza, su turbación ante las fuerzas que tiran de ellos obligándoles a estrellarse, la melancolía enredada en el pecho y un suave dolor, el del sacrificio que conocen.

Sin pudor, el brujo se había arrojado contra él en toda su vasta necesidad, sin ocultarle cuánta sed le había provocado tenerle lejos sólo por tres días. El paladín no esperaba eso. Como siempre, las emociones de Theron le conmovían profundamente, removían su interior y le hacían derramarse como una presa rota. Había reconocido entonces lo que quería callar, lo que ocultaba con toda la maestría que le permitía su carácter, pues su cercanía en aquel momento le proporcionaba un bálsamo indecible y también le recordaba el dolor. El dolor mordiente que le desgarraba por dentro, como colmillos incrustados en una parte de sí que no comprendía, y lo había confesado sin dramatismos, pues ya lo había aceptado. Pero no sabía ni podía mentir al respecto, así que habló y descorrió los velos de ambos.

- Nos tapamos las costuras abiertas con remiendos de las sedas más finas... los más brillantes. - susurró el paladín, con la voz entrecortada. - Los más perfectos. Los únicos que nos hacen parpadear entre tanto gris.
- Pero no es el pedazo que falta - replicó el brujo, con la mejilla pegada a su cuello.

Se estrechaban, rodeándose con los brazos, intentando atraerse más a pesar de las placas metálicas de la armadura, de la tela gruesa de la capa de piel blanca. La ventisca silbaba en torno a ellos, les agitaba el cabello, arrastrando pedazos de escarcha. El rostro de alabastro de Theron parecía entonces una escultura de marfil, con la leve inquietud pintada en la mirada jade húmeda y turbada, joyas engastadas en el negro plumaje de las pestañas. Él mantenía la mandíbula tensa, la expresión regia y contenida habitual, y la mirada dorada, trémula a causa de una emoción misteriosa, destellaba tenue.

- Son joyas, y las usamos para tapar un puto agujero, tratando de llenarlo. Es injusto - dijo, apretando los dientes y apoyando la barbilla entre los cuernos de Theron.

Sus voces eran murmullos sentidos, contenidos. Se enfrentaban uno a otro como náufragos aferrados a la soga que les mantenía a flote, mientras el dolor rasgaba con lento desliz, leve pero continuo, en el fondo de las almas. El mismo, para los dos.

- Y sin embargo, lo aceptamos - las palabras del paladín sonaron amargas, brotaban con el sabor metálico del acero. - Y aun no sé por qué. No entiendo... no entiendo bien por qué admito esto, Theron.

En el largo instante de silencio, el brujo tomó aire, sus ojos relucían, teñidos por el velo vibrante de la tristeza y el sufrimiento añejo, de un anhelo encostrado que echó raíces en su alma tiempo atrás, que había ocultado y dirigido con prudencia. Siempre pensando en él, en no presionarle, en respetar su voluntad, la cadencia de sus pasos... y al escuchar aquello, sintió la ingravidez. La sensación de estar haciendo equilibrios en un hilo imperceptible, de haber alcanzado en aquel instante la cresta de la ola y vislumbrar al otro lado la posibilidad. La posibilidad de que una esperanza ya perdida pudiera ser real. Bajo el azote constante de los vientos del Norte, sus cabellos se entremezclaban, y se observaban, conscientes de estar en esa cumbre que podía elevarles o dejarles caer rodando. Con la opción de cambiar y dar un paso decidido hacia lo inimaginable o dejarse caer de nuevo a los lechos conocidos, donde hay dolor pero también la seguridad de no saberse expuestos.

Así, Theron desveló un atisbo de la necesidad que le asfixiaba por dentro, balanceándose al borde de su hilo, aferrándose a él con desespero.

- Una sola palabra... - dijo con voz temblorosa, sin apartar la mirada - ...una sola palabra me haría renunciar a todo.

Y la respuesta brotó inmediata, atropellada, irreflexiva y con la intensidad de la certidumbre, vibrando en la garganta del paladín, deslizándose al vocalizar, inundando los oídos de ambos. No podía pensar en ello, no quería pensar en ello. Sabía lo que quería, lo que querían los dos, y esta vez no iba a hacerlo. No iba a pensar en nadie más. Ya había sido suficiente.

- Hazlo. Yo también lo haré.

El brujo le miró, pálido. El viento azotaba sus cabellos, con cristales de escarcha prendidos como joyas que engalanan una anémona oscura.

- Sabes cual será mi respuesta... no pongas esto en mis manos - susurró entrecortadamente.

El paladín le observó, grave y firme. Sus ojos traslucían un resplandor cálido y sentido que no se velaba en aquel instante detrás de ningún otro sentimiento. Desnuda su mirada, desvistió después su corazón. Una vez vista la verdad, no podía volver atrás, no quería echarse atrás. Si lo hacía, siempre sabría que no era lo correcto, jamás podría engañarse. Él ya había decidido.

- No lo pongo en tus manos - respondió, sin recular. - Te digo que lo voy a hacer, te digo que lo hagas también tu. Me da igual lo demás. Quiero quedarme contigo, y eso es todo. Habrá dolor, habrá espinas, hay quien va a sufrir... no me importa. Se acabaron los espejos. Los voy a romper todos. Tu eres mío, yo soy tuyo. Y punto.

Solo eran palabras. Palabras pronunciadas en una noche de astros atentos y universos en conjunción, pero que encontraban su resonancia en cada acto, como el viajero la encuentra al llegar a Ledoria y volver la vista atrás, contemplando el camino recorrido y siendo consciente, al fin, de todo su sentido. Porque con ellos, las palabras nunca eran solo palabras, y todo tenía significado. Susurros pronunciados con las voces sentidas, extrañas, que se escurren entre los labios ahogadamente cuando brotan directamente de la esencia, de lo más profundo. En un abrazo sobre una cúpula dorada, se rompieron las cadenas, y la voluntad y el destino se cogieron de la mano, retorciéndose en un solo cordón de oro argénteo y plata dorada que se fundió con solidez.

Theron se estremeció, su alma temblaba, ensanchándose. La voz del paladín estalló en su interior. No lo podía aguantar, era imposible, nunca había podido aguantar con él. Las lágrimas resbalaron, quemando la piel. Esa era la certeza que se anudaba en su garganta, la que siempre había permanecido agazapada, callada, y dolía como el infierno... laceraba ante la creencia de que aquel martirio al que se condenaba era lo mejor para ellos... para él, para Ahti. Y en el paladín brillaba esa certeza sin ningún velo capaz de ocultarla una vez descubierta, grabada a fuego en el fondo del alma como una llamarada que todo lo consumía, sin circunstancias, sin espejos, sin nada. En parte, descubrirla le asustaba. Pero él sabía que todo lo importante, todo lo grande y verdadero, impone reverencia y veneración.

- Mío... - susurró el brujo, clavando los dedos en las placas hasta hacerse daño, apretando los dientes hasta que dolía, estrechándole con violento arrebato y liberación - mío... mío

Al fin podía decirlo. Podía decirlo con libertad, incrédulo en parte, incapaz de abarcarlo, ahogándose, asfixiándose. Lo repetía en un mantra de éxtasis sublime que le estremecía hasta lo más hondo, lo repetía por todas las veces que se le había negado su derecho, por todas las veces que no había podido hacerlo. Suyo. Se acabó el compartir el resplandor, se acabó la mordedura venenosa de los celos, que le desgastaba, pulsante y violenta más que ninguna otra, al fin, suyo. Y al ser suyo podía de una maldita vez pertenecerle por completo. Nunca más pisadas ajenas en su casa, nunca más viviendo de alquiler, suyo el suelo y las paredes, suyas las llaves, suyo y nada más. Se sentía aceptado, reconocido, correspondido. Una fortaleza abierta sólo para sus ojos, que le acogía ahora sin más necesidad que tenerle como habitante y que teniéndole a él no precisaba de ninguna otra cosa. Era ese el verdadero sentido de la pertenencia. El sentimiento de unidad y de ser único. De vitalidad y de estar plenamente vivo. De significancia y significado completo.

- Sólo soy yo si es contigo... perdóname por habernos engañado tanto, a los dos - replicó el paladín en el abrazo, la voz entrecortada, acelerada, bullendo con el temblor precipitado de hacérselas llegar - Tenías razón aquel día en tormenta abisal... soy un capullo. He tenido que dar muchas vueltas para llegar al principio. Para darme cuenta de esto, para entender lo que quieres, lo que quiero. Pero sabiéndolo ahora, no voy a dejar que vivamos en una mentira estúpida que sólo nos hace daño a todos por miedo a ... a nada.

El brujo negó con la cabeza, enredando las manos en el cabello de su par, alzando la cabeza para besarle, morder sus labios con auténtica necesidad, ahogándose en los sollozos contenidos. Y el paladín le estrechó con desesperación, hundiéndose en el beso que le reclamaba, reclamándolo a su vez. Por algún motivo todo le parecía entonces limpio y claro en el cielo tormentoso. Se reclamaron y se sellaron, ajustándose en la sincronía natural de aquello que eran, y mas allá, de lo que querían ser, de lo que habían construido a lo largo del tiempo. Un vínculo que empezó siendo sólo un cable desnudo. Un vínculo que habían aceptado, sí, pero que además habían completado al tenderse el uno hacia el otro queriendo alcanzarse, queriendo verse y completarse. Hasta que lo que fue un fino cordón se convirtió en una gruesa cadena ornamentada, de resplandores puros y vibrantes, de joyas engastadas, sobre la cual podían edificar ciudades, sólida, flexible y pura.

Los astros les contemplaron, atentos, mientras los cristales de los espejos rotos, ya inútiles, se desprendieron y se pulverizaron al reflejarles en su desnudez, puros y valiosos. Porque el universo es sabio, y siempre gira en la dirección que debe. Y la gravedad, inquebrantable e infalible, se detuvo por un momento a admirar su obra desde los confines de la Creación, antes de asentir y proseguir su rumbo, alejando y acercando los planetas, los astros, los vacíos y las almas en un tapiz de ciclos eternos.

"No sé donde ha empezado este camino. Pero sólo he encontrado respuestas cuando dejé de hacerme preguntas y, simplemente, miré. Y mire donde mire, te veo a ti, melian"





Lo recordaría siempre como se recuerdan los principios y los finales. Aquella sensación de descubrir delante de sus narices algo tan claro, tan sencillo, que de alguna manera nunca había visto. En aquella ocasión, el anhelo y la añoranza le habían arrancado del tapiz insondable para recorrer medio mundo sólo para abrazarle. Y al hacerlo, todo se había desencadenado como un temblor de tierra o una fuerza natural.


El reclamo de la espesa urdimbre, que tintineaba tras de sí, llamándole con el tirón de su propia esencia, palidecía frente a aquella otra invocación, continua y constante, que desviaba su atención una y otra vez hacia Theron. Se convertía en algo salvable gracias a esa gravedad que tiraba de sí hacia él. Quizá siempre había sido así.

Quizá por eso, contemplando el trabajo del artesano en la quietud de la noche, enredándose en él y deslizándose lentamente en su interior, en el vacío donde los ecos no asediaban y el silencio le abrazaba, sabía que acabaría durmiéndose en el rincón, refugiado en la Sombra que le amparaba, cubriéndole con los velos de un sueño plácido y perfecto en la orilla de una playa imposible.


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1.- Laudes

...Y despertó. Miró mas allá y ante sus ojos discurrió el Entramado, el tapiz infinito. Como una centella, la percepción se disparó en todas direcciones, en el estallido de una existencia que se despereza, esta vez conscientemente, para mirar cual recién nacido a su alrededor. Y Todo era inmenso y pequeño al mismo tiempo. Se detuvo entre el fragor constante, violento, de la Armonía Universal, y observó los diminutos puntos brillantes, como pequeñas velas y hogueras, que destellaban entre los hilos que los unían, a través de los cuales la energía discurría sin diques. Podía verlos resaltar sobre el fondo oscuro, entre los silencios, los espacios de Sombra en el tejido de la realidad. Curioso, se acercó a degustarlos. Los sabores atronadores de sensaciones, emociones intensas, pasaron a formar parte de él, pasó a formar parte de ellos. Era lengua, gusto y sabor, era olfato y aroma y era latido, sangre, venas y corazón, era piel y tacto en el Ciclo continuo en el que todo se alimentaba y retroalimentaba constantemente, y era Todo y Todo era él, y Todo lo que brillaba en aquel tapiz, le pertenecía. Se asomó a las vidas, y vio universos dentro de universos, tan inconmensurables como diminutos dentro de aquel tejido infinito y magistral, que a pesar de todo, se expandía y se expandía. Cada una de aquellas motas, cada uno de los pequeños nodos, incluso los más pequeños, eran miniaturas bordadas, complejas e intrincadas, de una belleza sublime y singular. Únicos y especiales, los comparó, se acercó a ellos, y vio que ninguno era igual. Encontró los nexos que los unían, las hebras partidas, las que se habían quemado, las que aún titilaban entre los espacios de la Nada y la Oscuridad.


Durante un momento, tuvo la certeza plena de que podía hacer cuanto quisiera. Gozoso y predominante, infinito como aquello a lo que había accedido, en lo que se diluía lentamente, flexionó su voluntad, y varió un nudo diminuto y sencillo, haciéndolo brillar más. Supo que podía destruir a su antojo. Supo que podía crear a su albedrío. Y supo que no tenía ningún motivo para hacer una cosa ni la otra, allí, en aquella distancia cósmica donde el Orden reinaba y giraba como un engranaje acertado. No tenía entonces ningún motivo para nada, porque todo era perfecto e intenso, pero frío y lejano al tiempo. Se había dispersado, y disperso, todo tenía una importancia extrema... y nada importaba especialmente. Su conciencia se fundía con el Gran Tapiz, se enredaba en los hilos y las hebras, se disgregaba en él. Y más allá de la sinfonía atronadora que le envolvía, que no tenía fin ni principio, como un leit motiv constante y continuo en el cual, al detenerse a escuchar, no era capaz de distinguir cuántas melodías, notas y armónicos se fundían para crear una música tan sublime, más allá de la Música, escuchó la Voz, que le llamaba desde la oscuridad.


"Ven. Vuelve a mi. Ven. Mírame"


Fluctuó y se enredó, tirando de los hilos y las cadenas, de los nudos y las redes, y deslizó la vista a lo largo de las titilantes luciérnagas, una centella de energía veloz, electrificada, que bebía de todas las fuentes y se alimentaba de un torrente infinito, buscando aquel sonido conocido, que despertaba un reflejo tan natural como el equilibrio que le rodeaba, en el que estaba hundido. Una sombra profunda, una figura alta de alas emplumadas y negras, jirones de nubes tempestuosas, difusas. Dos ojos teñidos por el resplandor purpúreo, con una constelación verdeante, brillante, en su interior, y un núcleo crisolado, chispeante.


Se volvió hacia aquella alma, y vio Luz también en su interior. Una Luz distinta, una Luz que ardía en llamaradas oscuras, suaves, que no abrasaba ni chisporroteaba, la Luz Negra. Y vio la pureza, vio que estaba bien. Le gustaba. Le reconoció cuando discurrió por su interior, probando y degustando sus imágenes, sus recuerdos, sus sentimientos, y se vio a si mismo en ellos, destellando como una llamarada imperecedera, formando parte de aquel crisol, revitalizándolo, completándolo.


El concierto quedó al fondo, resonante, imposible de esquivar, imposible de ignorar, sin embargo, se reagrupó sin esfuerzo, ensamblándose y deteniendo su órbita frenética para contemplar aquello que reconocía.


"Te conozco"
"Me conoces" Le miraba, desde todos los lugares desde los que podía hacerlo, le miraba. "Eres sublime", le dijo. Y no había miedo en los ojos que le contemplaban.
"Soy lo que soy"
"¿Te gusta?"


No pudo entender la pregunta. Nada gustaba o disgustaba, era lo que había de ser. Sin embargo, aquello que tenía ante sí, aquello era diferente y resaltaba por encima de todo lo demás, llamando su atención poderosamente. Bebió de sus recuerdos, lamió la Sombra que le envolvía, se enredó en su Alma y la mordisqueó para probarla. Se deslizó por sus poros, en los recovecos de sus pensamientos. Se vio a través de sus ojos, y percibió sus emociones.


Le vio a él, en el centro de los Silencios y los Yermos Parajes, de la Oscura Bruma y la Sombra Insondable, entre los velos difusos, grisáceos y brumosos. Alto, el cabello ondeaba como jirones de carboncillo difuminado, las alas emplumadas se extendían a sus espaldas, y los cuernos oscuros, negros como la pez, contrastaban aun más. Una runa brillaba en sombras en la frente, los pozos púrpura de los ojos, la sonrisa apenas dibujada. Se vio a sí, en el centro de la Sinfonía y los Eternos Manantiales, del Tapiz Divino y la Luz Infinita, entre los fractales ordenados y las tramas simétricas. Las hebras destellantes que partían de su espalda se enredaban en sus muñecas, le unían a aquella red como tentáculos donde la energía discurría sin detenerse. Se enredaban en sus tobillos, se tejían a ambos lados de su cuerpo, translúcidas, casi blancas, afiladas como alas de halcón. Alto, los ojos destellaban como faros, líneas doradas y blancas, brillantes, se dejaban ver bajo la piel desnuda, que parecía bruñida como un metal pulido y áureo. Una marca destellaba sobre el pecho, y el cabello flotaba casi hasta los pies, como si no dejara de crecer.


Les vio a ambos. Y supo que importaba, así que se quedó mirándole, y después volvió la vista hacia el Espejo, para contemplarse. Aún tardaría algo de tiempo en reencontrar sus motivos, sus recuerdos y sus raíces, aún tardaría en aprender a ser lo que era y aceptar lo que sólo puede ser aceptado. Pero cuando se miró en el Espejo, levantó la barbilla levemente, y una serpiente de escamas reflectantes, especulares, le devolvió una mirada ambarina.















Y despertó. O quizá ahora estaba soñando... hacía tiempo que aquello había dejado de importar. ¿Cuál es el sueño, cual la realidad? Se apartó el cabello del rostro y observó alrededor. La casa de paredes blancas, el sonido de las aves de Vallefresno en el exterior, el espejo. El calor del cuerpo que yacía a su lado en el suelo empezaba a apagarse. Con un gesto sutil, sin hacer el menor ruido, lo cubrió con la densa capa mullida y deslizó los dedos sobre sus párpados en una caricia sentida, contemplándole por un instante. "Hay más", se dijo, desorientado y perdido en la realidad. Descubrió que estaba hambriento y tenía sed, se miró las manos y frotó los dedos, tratando de centrar su atención, de recuperarse y reensamblarse. El tintineo constante al otro lado, llamándole, buscándole, reclamando su mirada, que se tendía naturalmente hacia su medio, hacía difícil volver a sentir el mundo como lo había hecho hasta entonces.


Como Melian diría más adelante, en unas circunstancias completamente distintas, es difícil ver con claridad cuando tienes ojos nuevos.

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